La predilecta

Una de las preguntas que más le hacen a cualquier viajero es sobre sus paises y ciudades preferidas. Es algo realmente dificil de contestar, ya que nunca es todo blanco o negro, e incluso da cierto remordimiento realizar esa elección. Es como si te obligasen a decantarte por solo uno de tus amigos, siendo cada uno especial a su manera, una sentencia.

Por este motivo planeaba escribir primeramente acerca del grupo de ciudades que más me han enamorado, pero ya sabéis que en ocasiones no decidimos a qué lugar del mundo ir, o a quien o que amar. Así que hasta aquí ha decidido llegar Estambul.

Como toda esta serie de artículos sobre viajes, no será una guía de consulta sobre turismo, sino que os voy a hablar de las sutilezas de esta ciudad y de los motivos que me hicieron enamorarme de ella. Así quizás os animeis a visitarla y vivirla, ya sea en la distancia o paseando por sus calles.


Por una de estas “necesidades de viaje” que te entran cada cierto tiempo dentro del cuerpo y te obligan a volar, me coloqué directamente enfrente del ordenador para elegir esa misma tarde un destino para el mes que tendría de vacaciones: el destino más barato.

Como en otras ocasiones, fue Roma la elegida (de la que podríamos estar hablando durante días), pero como sucede con todos los vicios, algo por dentro te dice “ve un poco más allá”, así que desde la Ciudad Eterna compré otro vuelo hasta Atenas. Esto parecía suficiente reto (viajaba en solitario, sin hablar inglés ni griego), pero nada, a la vocecilla interior le seguia pareciendo cerca. Mirando el mapa me fijé en Estambul, una ciudad que no era una opción que me resonase habitualmente en la cabeza, ya que aún era de mis primeros viajes y conservaba parte de esos prejuicios y miedos viscerales que te inculcan en Europa sobre Oriente (aún me faltaba madurez como viajero). Miré precio, 30€ de Atenas a Estambul, así que listo, sin marcha atrás.

Al fin comenzé el viaje: los días en Roma tan reconstituyentes como siempre son. Sobre Grecia mejor os cuento en otro artículo, pero os avanzo que me encontré con multas, ataque de risa con la policía, invitación a un extraño burdel (fruto de no entendernos por el idioma), nuevas amistades y tatuaje ateniense.

Ya en aeropuerto de Atenas, esperando a embarcar para Estambul, escuché a dos mujercitas hablando español, así que me lancé directo a charlar con ellas. Resultaron ser dos amigas chilenas  viajando por Europa, y pasarían a ser una parte importante de esos días por Estambul.

Llegamos los tres al aeropuerto de Ataturk y comenzamos a preguntar cómo llegar al centro en autobús, pero primera sorpresa, en Turquía se habla poco inglés. Así que a base de gestos y mapas, logramos llegar cada uno a su hostel a la hora de la noche, no dio tiempo de ver mucha ciudad, solo las luces.

Desperté, primer día en esta tierra desconocida, solo esperaba que no me atracasen o me mirasen mal por ser occidental (¡alerta prejuicios!). Bajé a desayunar en mi hostel de 8€ la noche y primera sorpresa, el desayuno en Turquía es un festín: frutas, panes, aceitunas, queso, aceite, huevos, leche, y sobretodo con especias, lo que significa alegría.

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Importantísima esta descripción del desayuno, ya que esta manera de comer será la constante en este país, quedaos en la mente con dos palabras que van a ir intrínsecas a Estambul: olores y sabores.

Tras esta primera exaltación de los sentidos me fui a recorrer la ciudad de la que no tenía ni un mapa, pero uno se orienta facilmente por la espina de las vías del tren y con el Bósforo. Un paseo de quince minutos ya es suficiente para enamorarte. Primero me llamó la atención que era una ciudad llenísima de vida, jóvenes charlando y comiendo en las plazas, mercados saturados de color (color, esta es otra palabra importante) y la exaltación del que para mí es el más importante de los sentidos en Estambul: el olfato. Esto es una auténtica locura, podríamos hacer la ruta por la ciudad solo a base de olores, incluso un ciego podría saber donde está en cada momento gracias a estos.

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Así que en los primeros pasos en Estambul mi vista estaba como loca con sus maravillas milenarias, las mezquitas, la luz, los colores y el verde las avenidas, y por otra parte, los olores de la comida y las especias. A cada paso cambiaban y se fusionaban, olor a canela, granada, carne especiada, leche, helados, dulces…todo esto en el paseo de un par de kilómetros del centro hasta el Bósforo.

Al llegar al famoso puente de Gálata, otro golpe a los sentidos. Aquí olor al agua salada de mar y a pescado, las vistas te hipnotizaban. Estás viendo Asia al otro lado del puente, más hermosas mezquitas en la otra orilla, una fila interminable de pesacadores sobre el puente, antiguas mansiones y palacios a la vera del agua y enormes barcos viajando hasta los Dardanelos. Al cruzar el puente, primera comida: pescado recién sacado del agua, ¿como no?, lleno de especias y olores y para acompañarlo, un zumo de granada.

Ya se iba haciendo de noche, pero hacía falta un postre, así que me acerqué a una de las típicas casas de té turcas. Resultó que eran similares a una cafetería, donde los amigos van a charlar, llenas de luz, música tradicional y a tomar el intentísimo y oloroso té turco acompañado de los dulces de pistacho.

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De regreso al hostel empezó a anochecer, y como ya vais comprobando, de nuevo cambia la ciudad. Ahora  las vistas de la misma, escondido el Sol, eran realmente mágicas, y los olores de la mañana a dulces y los de la tarde a carne y pescado, dejaron paso a la sisha, la canela y el arroz con leche que te ofrecen en carritos por toda la ciudad.

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Al fín era hora de descansar, me sentía aún lleno de los olores y al cerrar los ojos seguía viendo el espectáculo de la ciudad oscurecida, pero Estambul aún quería emocionarme más antes de dormir. Tirado en la cama empecé a escuchar los rezos desde los minaretes de las mezquitas, toda la ciudad llamada al rezo al unísono, ahí ya mi cuerpo no soportó y tuvo que estremecerse.

Al siguiente día tocó pasear por el Gran Zoco, y lo de Grán es realmente apropiado, hay ciudades enteras que cabrían dentro de él. Era una serie de pasadizos, unos estrechas y otros amplios, donde podía encontrar todo lo que quisiese comprar: ropa típica, joyas, comida, sishas, juegos, alfombras, etc, y por supuesto, el marco estaba protagonizado por el horror al vacío que caracteriza a la mayoría del arte musulmán. No se encontraba un cuadrado de pared vacío, una vez más, una hermosa saturación de los sentidos, en este caso la vista.

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Tras el paseo por el bazar y comer algunos frutos secos, logré salir (es bastante laberíntico) y me encontré con un señor haciendo los famosos kebab, muy diferentes a los que conocía industrializados. El anciano cocinaba la carne del cordero sobre ascuas de madera, mientras yo observaba como preparaban otro bloque de carne, bien adobada. Iban pedazo por pedazo clavándola en el asta de metal, llegando a crear bloque de un metro de altura, donde el señor pasó a subirse sobre la carne para que compactase, parecía más un ritual que una forma de cocinar. Justo al terminar de ver esto me comí el kebab, bien especiado pero nada picante, una maravilla.

Este día lo gasté en pasear algo más por este mercado hasta la noche, cuando quedé con mis nuevas amigas chilenas para fumar una típica sisha (yo ya tenía un máster en esto de la sisha) y fuimos a una terraza justo detrás de la mezquita azul. Como ya era costumbre, los sentidos no se estimulaban en solitario, debían hacerlo todos al unísono, así que me encontraba en una terraza que simulaba ser una jaima, luces flojas y titilantes, fumando una sisha de manzana intensísima, tomando la típica bebida turca de yogur, y de repente veo que suben a un escenario unos músicos y una especie de bailarín. Este es uno de los momentos de mis viajes que no olvidaré jamás. A todas esas sensaciones acumuladas se unía el espectáculo que era el baile de los derviches. Un bailarín que gira sobre su propio eje durante minutos, con su falda blanca acompañándole y los músicos a su ritmo.

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Una noche más a dormir hipnotizado.

Tercer día, de nuevo el desayuno de califas y a visitar las mezquitas. Si son hermosas por fuera, ya os aviso de que el tesoro está en el interior. Alfombras de colores, las cúpulas y medias cúpulas que dejaban pasar la luz, metales preciosos, enormes lámparas que cuelgan desde el techo hasta dos metros antes de tocar el suelo, y la suntuosidad que dan los rezos a recintos así.

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Como apunte os comento que para entrar en las mezquitas no hay un protocolo excesivamente rígido, quitarse los zapatos, velo que te dejan en la entrada para las mujeres, ropa apropiada para los dos sexos y el típico comportamiento que hay que tener en cualquier templo religioso.

Tras las mezquitas, a seguir comiendo, aquí os cuento uno de los usuales trucos de viajero: nada de comer en el centro, mejor callejear y entrar donde se vea a los propios del país comer. Y así hice, entré en un pequeño restaurante escondido y pasaría a ser mi referencia culinaria durante mi estancia en la ciudad. Una locura, comida de nuevo especiadísima, panes, aceite, salsas…la verdad es que cada día pedía un plato al azar, y nunca me equivocaba, solo quizás por el tamaño enorme de los platos. No recuerdo bien sus nombres, pero sí la maravilla de la sopa de lentejas con limón, hay días que aún sueño con ella, así que nueva norma del blog: prohibido entrar a quien vaya a Turquía y no la pruebe. Escrito queda.

Por la tarde fui a pasear por las antiguas murallas bizantinas al lado del agua, a vistar las antiguas ruinas y edificios de la ciudad. Realmente es la ciudad más densa que he visto históricamente junto a Roma. Harían falta semanas para visitar todo su patrimonio.

Ya al anochecer tomé un paseo en barco por el Bósforo. Aquí hay que aunar de lo que hablé antes: el olor a mar, las vistas de la ciudad de noche, el estremecedor sonido de la llamada al rezo y todo esto en mitad del Bósforo…exagerado, superlativo, no te alcanza el cuerpo para sentir algo tan fuerte, llegaba a aparecer ese nudo en la garganta que antecede al llanto emotivo.

Tras estos días, pasé otros visitando las ruinas de Troya en el lado asiático (mi pasión es la historia y la arqueología) y al regresar a la ciudad, nueva cena y paseo con mis amigas chilenas.

Otro nuevo apunte: desde el centro de Estambul salen muchísimas excursiones, no es necesario pagar y programar con antelación, sale más barato directamente en cualquiera de las mini agencias del centro.

La cena fue en un restaurante precioso y como no, a comer lo típico. En este caso fue un guiso de carne y frutas dentro de un recipiente de barro que rompen al servirte, otro ritual relacionado a la comida. Risas, vino y buena compañía. Todos los viajeros conoceis el nivel de amistad y confianza que se pueden alcanzar con los nuevos amigos de viaje. Aunque sea en solo unos días, son personas que ya nunca se olvidan.

Para acabar la noche, fuimos a la zona de fiesta a tomar otra sisha y un par de copas. Una nueva sorpresa al comprobar que la vida noctura de la ciudad es efervescente y alocada. Jóvenes, muchos locales con música y fiesta, alcohol y muchísimos recintos donde pasarlo bien tomando té y fumando.

El último día fue de despedidas, andar en solitario por la ciudad, simplemente dejándose llevar, abriendo bien los ojos para fotografiar en la mente los paisajes, y otras veces cerrándolos para centrarte en oler, degustar y oir.

Dejo algunos recuerdos sin escribir, y aunque esto parezca el usual tormento entre amigos de “sé algo que tu no sabes y no te lo voy a contar” en realidad son cosas que escribiré más adelante, como la historia del niño en Santa Sofía o la última y sensual despedida de la ciudad.

Seguro que hay muchos otros detalles que olvido escribir, pero espero haber dejado claro lo que supone visitar Estambul más allá del turismo y las fotografías. Es una ciudad que exalta todos tus sentidos de forma sutil pero incansable, disfrutas hasta el más mínimo de sus detalles y es un lugar perfecto para la contemplación, reflexionar y disfrutar en paz.


Por último, os dejo el enlace a la película “Un toque de canela” la que me parece que ejemplifica a la perfección todo de lo que hemos hablado, te ayudará a amar y querer visitar la vieja Constantinopla, a la vez que sentirás haber estado en ella.


Adm: Luis Miguel Carranza Peco

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