El culo donde se para el tiempo

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Vivo en Londres desde hace más de un año. Vine aquí con mi amigo Candela para…bueno, no me acuerdo ya ni para qué vine. La ciudad no está mal, pero el ritmo de vida es agotador y, para mantenerte (sin alardes, solo pagar y vivir), los turnos tienen que ser de no menos de diez horas. No me quejo; es, simplemente, un apunte. Es curioso porque es ahora que lo estoy viendo por escrito, cuando me doy cuenta de que, realmente, sí ha pasado un año. Qué locura. ¿Cómo coño ha pasado esto? Si me acuerdo perfectamente de cuando empezamos a currar en el pub mientras aún vivíamos en el hostel (en varios, en realidad). Tengo en mi cabeza mi imagen de aquellos primeros días, bebiendo pintas como si tuviera dinero, gastando como si lo fuese a cobrar y disfrutando y sufriendo como quien no tiene nada que perder.

Londres no es una ciudad oscura ni fea ni triste, pero puede ser todas esas cosas. Es muy fácil que tu estado de ánimo se deje llevar por la amplia gama de grises que pintan la ciudad, pero también es muy fácil que se te pase la tontería si te tomas unas cervezas con tus amigos viendo un atardecer en los canales. Yo soy de un pueblo pequeño de Extremadura; Madrigalejo. Me fui de allí a una “ciudad” más grande, Cáceres, con 12 años y de allí a Madrid con 18. Tengo 24 años ahora y se me hace difícil decir de dónde soy. Madrigalejo es un sitio que aprendí a querer con la distancia y la edad. A medida que pasa el tiempo empiezas a apreciar los lugares en los que este se detiene y puedes disfrutar de lo conocido sin ninguna distracción del exterior ni ningún cambio destacable; para mí el pueblo es la desconexión total, toda la familia alrededor, la comida de mi madre, la comida de mi abuela, mi padre en el salón viendo la tele, los partidos del Madrid, las cervezas con mis amigos, el fútbol con mis amigos, las noches de feria, los días de las peñas, ninguna preocupación… igual que Cáceres. Son lugares que te sirven para sacarte la presión de encima y volver a los placeres más simples de la vida, volver a ser un poco más salvaje y menos cerebral y consciente del mundo que te rodea. Son lugares maravillosos.

Hoy es miércoles, amanezco a eso de las 12, estoy entre trabajos y en una situación emocional complicada. Es algo raro estar entre trabajos en esta ciudad pero, después de un año aquí, puedo permitirme el lujo de parar un par de semanas y reiniciar, aunque estoy acojonado. A lo largo de mi vida he adquirido una serie de habilidades muy específicas que no sirven para absolutamente nada en el mundo real. Soy un tipo inteligente, de verdad, pero nunca supe poner mi cabeza a trabajar en algo productivo. En cuanto a la situación emocional, como ya he dicho, es complicada. A este momento yo lo llamo “lamiéndome las heridas”. No sé por qué, pero estoy profundamente triste. No ha pasado nada especial, pero apenas puedo contener las ganas de llorar. Me despierto por las mañanas y parece que mi objetivo en la vida se ha desvanecido y, cuando me paro a pensar, me doy cuenta de que ni siquiera hice todo lo posible por luchar por él. ¿Qué clase de persona soy? ¿Soy así porque estoy triste o estoy triste porque soy así?.

Aquí puedes vivir las cuatro estaciones distintas en un mismo día. Ahora toca otoño. El que controla el tiempo ha tomado el gris más feo de su paleta de colores, es un día muy oscuro y empieza a llover. He dormido con la ventana abierta porque soy así de gilipollas y me muero de frío, necesito una ducha para entrar en calor y para ser capaz de afrontar un día que, a buen seguro, me va a llevar a horas delante del ordenador con la pantalla en blanco mientras miro la tele con Friends y me tomo unas latas de Foster’s (el peor brebaje alcohólico que existe) para llegar a la noche y, al menos, poder mentirme a mí mismo diciendo: “Eh, has hecho algo. El ordenador estaba encendido, hoy no ha salido, pero lo has intentado”.

Vivo en una casa con la hostia de gente de la hostia de sitios: una china, una noruega, un griego, dos andaluces y uno de Cáceres, que se vino conmigo. Corro al baño en cuanto está libre. Mi casa está en obras desde… bueno, desde siempre. Tenemos un andamio que rodea todos los pisos y nos han cubierto las ventanas con un plástico azul porque los albañiles pasan por allí a cada minuto. Llueve sobre el plástico azul y empieza a llover también dentro del baño. Tenemos unas goteras maravillosas que te hacen sentir realmente como si vivieras en la calle. ¿Qué coño hago aquí? Entro en la ducha al tiempo que un albañil rumano saluda por la ventana. Quiero irme a mi casa, estoy a punto de explotar, no puedo más con esta situación. Quiero llorar, quiero irme, quiero decirles a mis padres que no aguanto más, que quiero irme al pueblo y encerrarme en la habitación durante meses y, de repente, el oasis en forma de whatsapp.

Mucha gente busca relaciones para que la otra persona les salve. Yo soy el tipo que hace lo contrario; yo me alejo de todas las personas que quieren lo mejor para mí porque siento que no lo merezco, pero ella se ha empeñado en ayudarme, en estar ahí en cada momento en el que soy insoportable, en aguantar cada día de mal humor, cada tontería, cada desaire. Se ha empeñado en convertirse en casa y aquí no hay casa más que ella. Hace ya una semana que nos fuimos a una cabaña en el “bosque” en Surrey. Fue un fin de semana maravilloso; no hicimos nada, pero construímos mucho. Echo de menos estar tumbado en la cama con ella diciéndome: “no quiero dormir, quería que viniésemos a la cama para no dejarte dormir”, echo de menos que se me tire encima desnuda sin otra intención que estar tirada desnuda encima de mí. Echo de menos tocarle el culo todo el rato, a todas horas, sin ningún motivo, mordérselo, y dormirme tocándoselo. Y, en un día como hoy, en el que todo parece oscuro y desagradable yo quiero volver allí, al culo donde se para el tiempo.


Autor: Francisco Perez

Fotografía de portada: Juan Pablo Carranza Peco

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